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Relatos cienciaficcionados

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Ciencia Ficción (CF): Relatos de viajes en el tiempo, mundos paralelos, Space Opera, exploración espacial, ucronías, inteligencias artificiales, extraterrestres, ...

Realismo Fantástico (RF): relatos de contexto mimético (realista), pero que tienen algún elemento fantástico: hechos sobrenaturales, facultades extrasensoriales, fantasmas, brujas, realismo mágico, ...


- Una pista: Agencia de detectives RF

- ¿Pasarías la noche?     RF

- Pana     RF

- Travis     RF

- El eDiario de Sandra     RF

- El portal del anhelo     CF/RF

- Al límite     CF

- La cueva del tiempo     CF

- Fase diurna    CF/Terror

- ¡Ya era hora!     CF/Humor

- Y lo ayudé     CF/Terror

- Te daré mis recuerdos     RF

- Misión y rescate     CF

- El conjuro     RF

- Un hombre mira un papel     CF

- El intruso     RF

- NOS     CF

- ¡Vuela, Sara!     RF

- Regamet     CF

- Miradas     CF/Terror


Una Pista: Agencia de detectives

 Relato publicado en la antologia Giritos, de Distri Aslogh Ed, 2024


Una Pista
Agencia de detectives

...lee la mujer en el rótulo de la puerta del quinto primera. Pulsa el timbre y espera. 

    En un despacho del interior un hombre observa a la mujer en la pantalla de un ordenador: alta y atractiva, de unos treinta años, con vaqueros y chaqueta informal, lleva un bolso grande colgado del hombro. El hombre pulsa una tecla.

     La mujer entra en el recibidor al abrirse la puerta, da unos pasos observando la estancia y repara en la reproducción colgada en la pared de unas tablillas de un antiguo poema sumerio. La observa detenidamente y sonríe. 

    El hombre se levanta del escritorio, abre el mueble bar que hay en la entrada del despacho, coge un frasco que contiene un líquido azul y un pequeño vaso, que coloca en un bolsillo de su chaqueta. Después abre un cajón anexo, coge un dispositivo alargado de color negro y unas gafas de sol, que se coloca en el otro bolsillo.

    La mujer se sienta en uno de los sillones de la estancia. Unos minutos más tarde, el hombre llega al recibidor desde un pasillo y la saluda.  

    —Buenos días. 

La mujer se levanta y observa al hombre, de unos cuarenta años, algo más bajo que ella, con barba muy oscura y bastante atractivo. Se dan la mano.

    —Perdone por presentarme así, sin cita previa…

    —No se preocupe —la interrumpe—. Justo al llegar usted resolví el caso en el que estaba trabajando, así que estoy a su entera disposición. 

    La invita a volver a sentarse y él hace lo mismo en el otro sillón. La mujer saca su monedero del bolso y le entrega una tarjeta de visita.

    —Dígame… Laura. ¿En qué puedo ayudarla?

    Ella le explica que desde hace unos dos meses está trabajando para el ayuntamiento en un sistema de reconocimiento facial para identificar personas en imágenes históricas del archivo local. Para probar la eficiencia de la primera versión del sistema, exploró primero en imágenes antiguas de todo el mundo y fue entonces cuando descubrió algo inesperado: una persona aparecía en algunas imágenes en diferentes lugares y épocas, desde la invención de la fotografía. Al principio pensó que simplemente había dado con un efecto tipo Doppelgänger de personas que se parecen, pero había algo sorprendente: la apariencia de ese hombre siempre era la misma, como si el paso del tiempo no lo afectara. Pensó entonces que estaba ante la prueba de la existencia de un viajero en el tiempo.

    Laura guarda silencio tras su explicación y mira, expectante, al hombre.

    —Efectivamente —dice este—, puede parecer una prueba de un viajero en el tiempo, y sin embargo… ¿No le resulta extraño que solo salga en fotografías antiguas? Aunque deduzco que eso ya lo había advertido. ¿Me está poniendo a prueba? 

    —Disculpe, tiene usted razón. La verdad es que también se me ocurrió otra posibilidad: podría tratarse de alguien que no envejeciera. Una persona aparentemente inmortal que había pasado desapercibida hasta la invención de la fotografía —dice Laura, y saca de dentro del bolso un sobre grande que sujeta con ambas manos—. El hombre aparece con frecuencia en fotografías donde salen personas famosas: Einstein, Chaplin, Dalí, Tesla, Oppenheimer, Ramón y Cajal…, aunque siempre en segundo plano. También se le ve en imágenes de sucesos extraños o de grandes descubrimientos, como el incidente OVNI de Roswell o el hallazgo de la tumba de Tutankamón. Sin embargo, a partir de la década de los cincuenta del siglo XX ya no aparece en más fotografías. Es como si se hubiera dado cuenta del peligro de salir…

    —Y le gustaría que la ayudara a descubrir quién es —la interrumpe el hombre, algo impaciente.

    Laura extrae algunas imágenes impresas del interior del sobre, que extiende sobre la mesita que hay frente a los sillones.

    —Ahora ya más bien a confirmarlo. La imagen de usted que hay en la web de Una Pista coincide plenamente con la de esta persona —dice Laura con mirada desafiante. Con un dedo lo señala en las imágenes en blanco y negro—.  Até cabos al entrar y ver en la pared las tablillas del poema de Gilgamesh. ¡Una Pista! Es usted Utnapishtim, ¿verdad? El hombre inmortal. Pero no entiendo por qué se arriesga así. Una Pista es, quizás, una pista demasiado evidente.

    El hombre se levanta del sillón y da algunos pasos por la estancia, pensativo, hasta detenerse frente a la mesita.

    —Al menos no me ha llamado el Noé sumerio. Un punto a su favor —dice, mientras sonríe— ¡Ah!, Gilgamesh. Un tipo curioso, pero demasiado torpe. Por suerte he conocido a personas mucho más interesantes: faraones y reyes, científicos e inventores, escritores y artistas... Aprendí cientos de idiomas e incluso, en estos últimos siglos, estudié muchas carreras.

    Utnapishtim explica que sabía que era cuestión de tiempo que alguien sospechara de su existencia, por lo que tendió un anzuelo para pescar a su primer descubridor. El caso en el que él estaba trabajando al llegar ella, era, de hecho, ella misma. Creó la agencia de detectives hacía unos pocos meses solo con este propósito. Conoce el potente sistema informático que utiliza la empresa donde trabaja Laura, el Mare Nostrum, y sabe del proyecto de reconocimiento de rostros en imágenes históricas. Pero la tecnología informática avanza demasiado rápido en la actualidad como para que él la pueda dominar con suficiencia. Necesita su ayuda. Si ella introduce pequeños patrones distorsionadores en todas esas imágenes para evitar que alguien en un futuro lo descubra de nuevo, él le daría a cambio el elixir de la vida eterna.

    —Aunque no la hará del todo inmortal: su cuerpo no envejecerá ni enfermará y podrá vivir muchos años, pero si alguien le dispara a la cabeza o cae desde un quinto piso, morirá. Yo adquirí la inmortalidad a los cuarenta y dos... Por cierto, conocí a Douglas Adams... —hace una pausa, pero continua al ver que Laura no pilla la referencia—. Da igual. Por lo que he visto en los perfiles de sus redes sociales, ahora tiene usted treinta y tres años. Si llegamos a un acuerdo se mantendrá así de joven durante cientos o incluso miles de años. ¿Qué me dice?

    Laura se queda pensativa durante unos momentos.

    —¿Y si me niego?

    —Sabe… —dice Utnapishtim mientras saca del bolsillo izquierdo de la chaqueta las gafas de sol y el dispositivo alargado—. También conocí a los guionistas de la película Men in Black. Fui yo quien les dio la idea del neuralizador.

    —Un momento—dice Laura, al reconocer el dispositivo—. Si eso funciona de verdad, solo olvidaré lo que ha pasado ahora aquí, no todo mi trabajo.

    —Precisamente les propuse incorporar un selector de tiempo, pero para el efecto que querían en la película consideraron que no era necesario. Les obligaba a dar demasiadas explicaciones al espectador —dice, mientras se pone las gafas y ajusta una rueda del dispositivo hasta llegar al punto que marca dos meses.

    —De acuerdo, acepto —dice Laura, resignada. 

    Utnapishtim saca del otro bolsillo de la chaqueta el frasco y el vasito, en el que vierte unas gotas del líquido azul.

    —Quiero que vea que soy una persona de palabra y no la estoy engañando. La invito a que tome unas gotas del elixir para que pueda comprobar sus efectos. 

    Laura acepta el vasito que Utnapishtim le ofrece y, con cierta vacilación, se lo lleva a los labios.

    —No noto nada especial.

Utnapishtim se agacha frente a ella, abre un pequeño cajón que hay debajo de la mesita y extrae un cuchillo.

    —Deme la mano —dice, y añade al ver su expresión de temor—: Tranquila, no le voy a hacer ningún daño.

    Cuando Laura extiende la mano izquierda, Utnapishtim le hace un pequeño corte en un dedo.

    —¡Au! —exclama Laura—. Usted dijo que...

    —Mire la herida —la interrumpe.

    Atónita, Laura observa cómo el corte se cierra, como por arte de magia.

    —Supongo que me ha dado solo unas gotas para que su efecto desaparezca al cabo de poco tiempo.

    —Buena observación —asiente Utnapishtim—. Para lograr un efecto permanente hay que beber todo el contenido del frasco, algo que usted solo podrá hacer si cumple con lo que le he pedido. 

    —Pero necesitaré acceder de forma remota al Mare Nostrum.

    —Pasemos a mi despacho —la invita Utnapishtim—. Allí dispongo de un potente ordenador de última generación con el que podrá conectarse.

    Los dos se adentran en el pasillo hasta llegar al despacho. Al entrar, Laura deja el bolso en un colgador que hay junto a la puerta y se dirige al escritorio donde está el ordenador sobre mesa. Utnapishtim se sirve un wiski del mueble bar y se sienta en el sillón que hay en un rincón del despacho.


Tras un par de horas de trabajo, Laura se hecha hacia atrás en la silla y estira los brazos.

    —¡Ya he terminado! No es que fuera demasiado difícil, pero ha sido mucho más laborioso de lo que pensaba. 

    —¿Está del todo segura de que funcionará?

    —La duda ofende, señor Utnapishtim —dice Laura, visiblemente satisfecha.

    Este asiente, se levanta y se dirige de nuevo al mueble bar. Abre el cajón anexo y coge una pistola,

    —Lo siento. Dejar testigos de mi existencia seria correr un riesgo excesivo. ¿Qué prefiere, saltar de un quinto piso por la ventana, o que le dispare a la cabeza?

    Laura se levanta, asustada, mira la ventana y después mira de nuevo a Utnapishtim. 

    —No me mate, por favor —dice, con voz temblorosa—. Utilice conmigo ese dispositivo de Men in Black para que olvide todo esto.

    Utnapishtim se ríe a carcajadas. 

    —Siento defraudarla, pero ahí también le he mentido —dice y niega con la cabeza—. Es usted más crédula de lo que pensaba. Ese chisme no hace nada. Solo quería evitar que se asustara demasiado antes de cumplir su tarea. No hubiera sido muy inteligente por mi parte amenazar de entrada con matarla si no accedía a ayudarme.

    Ella mira de nuevo a la ventana.

    —No puedo hacerlo, lo siento —dice cerrando los ojos.

    Utnapishtim se acerca unos pasos y le dice en voz baja:

  —Mire, no todo lo que le he dicho es falso. Aunque es poco probable que pueda sobrevivir a un disparo en la cabeza o a caer de un quinto piso, los efectos del elixir pueden aún ser efectivos… Me refiero a la caída, claro. Del disparo no sobreviviría ni yo. Pero debe darse prisa, porque ya han pasado más de dos horas.

    Laura se asoma a la ventana, que da a la calle.

    —No creo que pueda —dice, sollozando.

    —Yo la voy a animar. Contaré hasta diez y si al terminar aún no ha saltado le dispararé. Esta sala está insonorizada, no solo para evitar los molestos ruidos de la calle, sino también los de los vecinos. Empecemos: Uno…, dos…,

    Pero la expresión de Laura cambia de golpe del miedo a la frialdad. 

    —Si me mata, el cambio que he realizado en el sistema de reconocimiento dejará de funcionar. He introducido una cuenta atrás. Véalo usted mismo —dice y señala la pantalla.

    Utnapishtim dirige su mirada al ordenador y después a Laura.

    —No te creo. Es un farol. Solo estas intentando ganar tiempo —dice, tuteándola.

    —Pues mátame —Le tutea también Laura.

    Se hace un incómodo silencio. Finalmente, Utnapishtim le hace gestos con el cañón de la pistola para que se aparte. Laura retrocede de espaldas hacia la puerta de la habitación. Utnapishtim se inclina un poco para ver la pantalla.

    —Está en la esquina inferior izquierda —le indica ella.

    —Mmm…ah, sí. Es esta ventana pequeña…—dice y se inclina para observar mejor. 

    Ve un pequeño cuadro de diálogo con una cuenta atrás y la solicitud de una contraseña. Laura aprovecha que él está concentrado en la pantalla para alargar la mano hacia el bolso colgado en el perchero y sacar una pistola. Cuando Utnapishtim levanta la vista se encuentra con el arma apuntándole. 

    —He venido preparada. Deja la pistola encima de la mesa —dice, con un tono de voz frio y calculador.

    —Vaya, veo que además de buena informática eres también buena actriz. Ya no lloriqueas. —dice Utnapishtim con el arma a medio levantar, indeciso, pero algo en la mirada de Laura parece convencerle y termina por dejarla encima del escritorio. 

    Laura esboza una sonrisa de satisfacción.

    —De pequeña participé en el grupo de teatro de la escuela. 

    Laura saca otro sobre de dentro del bolso, se acerca a Utnapishtim y se lo tiende. Este lo coge y extrae tres imágenes en blanco y negro que deja encima del escritorio.

    —¡Más fotografías!

    Aunque diferentes, las tres imágenes muestran una situación muy parecida:  una mujer tendida en la acera de una calle con un gran charco de sangre bajo su cuerpo. Hay también transeúntes que algunos policías intentar mantener alejados de la escena.

    —En todas sales tú, como un mirón más —Laura lo señala en las imágenes—. Supongo que ellas pasaron por algo parecido a lo que me ha pasado a mí, antes de saltar por una ventana. Después bajabas para comprobar que realmente habían fallecido.

    Utnapishtim dibuja una amplia sonrisa en su rostro.

    —Reconozco que en otros momentos de mi vida he necesitado de la ayuda de otras personas. Para sobrevivir tantos años no basta con ser inmortal. Aprendes a no tener escrúpulos para conseguir lo que buscas. ¿Tú los tienes?

    —No para matarte.... ¿Y a qué viene esa estúpida sonrisa? 

    —Me estaba riendo de mi mala suerte.  Ahora es cuando me dices que alguna de ellas es un antepasado tuyo.

    —Pues no es el caso.

Laura se pasa el arma a la mano izquierda y recoge de la mesa la pistola de Utnapishtim.

    —¡Espera! Olvidas que he registrado tu entrada cuando has llamado a la…

    —Ahora eres tú quien intenta ganar tiempo —lo interrumpe—. Obviamente lo borré cuando estaba trabajando en tus imágenes.  

    —No puedes matarme. Reviviré.

    —Dijiste que ni tú mismo sobrevivirías a un disparo en la cabeza.

—¡Te mentí de nuevo!

    —No lo creo. Solo mientes cuando te es útil y ese comentario se te escapó. —Lo mira con desprecio—. Lástima. A pesar de todo me caías simpático.

     Laura dispara a Utnapishtim en la sien con su propia arma. Saca un pañuelo de un bolsillo de los baqueros y limpia cuidadosamente el teclado, el ratón y la pistola de Utnapishtim, que coloca en su mano. Seguidamente hurga en el bolsillo de la chaqueta del cadáver y extrae el frasco con el líquido azul, lo abre y se lo bebe. Después recoge todas sus cosas y se marcha de la Agencia. 


Al cabo de unos minutos la herida de bala en la sien de Utnapishtim desaparece y este abre los ojos. Tras levantarse lo primero que hace es buscar en el bolsillo de su chaqueta, pero no encuentra el frasco. Alza las manos con los puños cerrados y exclama:

—¡Por fin he encontrado a mi pareja ideal! 


¿Pasarias la noche?

 

¿Pasarías la noche? 


Relato publicado en la revista Calíope III, especial Paranormal, 2023

En una carretera que discurre más o menos de norte a sur, hay una casa que se encuentra muy cerca de la calzada, fácil de reconocer por sus paredes pintadas de blanco. Su anodino aspecto rectangular domina también la forma de la puerta y de las ventanas y la convierte en una edificación poco destacable. Y si, además, añadimos la hilera de árboles que están al pie de la carretera, harán que pase desapercibida para la mayoría de vehículos que circulen por ella.  Sí, esos árboles que ahora se están eliminando de los bordes por el gran peligro que entrañan. Un detalle que nos da también idea de que está en un lugar algo apartado.

Sin embargo, prácticamente a la altura de la casa, casi enfrente podríamos decir, hay otra carretera que se une a la primera. Y si circulas por esta vía, llegarás desde el este hasta este cruce y entonces la verás de forma ineludible. ¡Y que visión! Aquí el encuadre es perfecto. Cuando llegas a la vía principal por esta carretera secundaria, te la encuentras justo delante. En cierta forma está allí anunciándote que has llegado al final de la tortuosa carretera, pareciéndote entonces una edificación más agradable. Aunque si llegas en un atardecer de noviembre, como me sucedió a mí, puede que también te sobrecoja.

Verás las ventanas con los portones cerrados, a una hora tardía, pero a la vez aún temprana para retirarse, induciéndote a pensar que quizás esté abandonada, o temporalmente cerrada.

Y a partir de aquí ya podrás dejar volar tu imaginación. ¿Qué sucedió para que ahora ya no esté habitada, si es que realmente no lo está?  Y si vive gente, ¿por qué se retiran tan pronto a dormir… o a realizar qué ocultas y extrañas tareas? Y ya que estamos, ¿pasarías tú la noche en este solitario y apartado lugar? Yo solo pude responder a esta última pregunta. Decidí que no, que era mejor continuar mi camino. Eso sí, después de sacar esta curiosa y a la vez inquietante instantánea.

 

Volví a leer el texto. Me gustaba el punto que había conseguido darle al final, con aquel tono ligeramente turbador. A ver cómo serán las reacciones, pensé, y le di al botón de publicar en mi Instagram. Monté en mi moto Trail, me puse el casco y los guantes, e inicié la marcha sin prisas.

En el cruce me adentré lentamente en la nueva carretera, por la derecha, sin poder evitar lanzar una última mirada a la casa blanca. Justo en ese momento apareció un coche, que frenó de golpe. Entonces caí en mi distracción: sin querer, había invadido el carril contrario. Intenté esquivarlo desplazándome hacia un lado, pero el vehículo había iniciado el mismo giro para evitarme. El impacto me lanzó, volando, contra uno de aquellos malditos árboles costaneros.

 

Me desperté al cabo de un rato. Poco a poco, empecé a levantarme, e inspeccioné mi cuerpo. No me había hecho nada. Lo más probable era que más tarde empezara a sentir algunas molestias o me saliera algún moratón.

¡La moto! Tenía la horquilla delantera doblada. Me invadió un sentimiento de impotencia. ¡Aun la estaba pagando! Entonces pensé en el coche. Se me había gravado la expresión de sorpresa de la chica que iba al volante. No recordaba que hubiera nadie más en el vehículo. Me acerqué y vi que la puerta del conductor estaba abierta y el airbag se había disparado, sin embargo, dentro no había nadie. Entonces reparé en el pequeño reguero de sangre que cruzaba la carretera en dirección a… la entrada de la casa.  ¿Habría podido ir a buscar ayuda por su propio pie o la abrían socorrido al oír el accidente?

Al llegar a la puerta vi que estaba abierta. Al entrar, distinguí la mesa del comedor, a la luz de una lámpara colgada en el techo. Había dos platos a medio terminar. Aquello respondida a otra de mis preguntas: la casa estaba, sin duda, habitada.

Oí voces en el piso superior, pero no podía distinguir qué decían. Subí por la escalera de madera, con cuidado de no pisar las gotas de sangre. Qué curioso, a pesar del aspecto gastado de los peldaños, no emitían ningún crujido con el peso de mi cuerpo. Era una madera de muy buena calidad.

Llegué hasta la puerta de donde provenían las voces, que también estaba abierta. La escena me conmovió. Una pareja de ancianos estaba intentando curar las heridas de la muchacha, que estaba tumbada en una de las camas. Quedaba resuelta así otra de mis preguntas: allí no se hacían extrañas y ocultas tareas. Se trataba simplemente del hogar de un matrimonio ya mayor, que se retiraba temprano.

 Todavía no habían reparado en mí presencia, así que dije un tímido hola; tampoco era cuestión de asustarles. No me oyeron. Entonces fui consciente de que aún llevaba puesto el casco. Intenté quitármelo, pero no acertaba a dar con la cinta que liberaba el cierre. Me gire hacia la cómoda, encima de la cual había un espejo donde podría ver mejor lo que hacía con las manos…, pero en el espejo no se veía mi reflejo.

 

De aquello ya han pasado más tres años. La chica se curó de las heridas físicas, pero no de las emocionales. Cada año, un día de noviembre, se acerca al lugar a dejar unas flores al borde de la carretera, donde, por fin, ya han retirado los árboles. El matrimonio mayor se fue a vivir a la ciudad con uno de sus hijos. La casa, ahora sí, está ya deshabitada. Aunque no del todo. Desde aquel día, paso no solo las noches allí, sino también los días, esperando..., no sé muy bien el qué. Algo.

 

Pana

 

Pana

Relato publicado en la antologia De locos y sombreros: Letrasbohemias en acción, de Lecturas Afull, 2023

Qué ganas locas tengo de llegar y quitarme la mochila. Estoy cansado y diría que tengo algo de fiebre. Tras la última curva del camino veo por fin el pueblo, creo que es el mismo en que la otra vez perdí el bastón de trekking. Las primeras calles no me resultan familiares, pero siguiendo las conchas encuentro enseguida el albergue. Miro con curiosidad el bastón que hay junto a la puerta.

—Estuvo usted aquí hace dos años —comenta el recepcionista al mirar mi pasaporte del peregrino.

—Si, pero solo pude hacer unas pocas etapas. Esta vez lo he podido organizar mejor para hacerlo entero.  Port cierto. Ese bastón en la entrada, veo que la gente continúa dejándolos ahí cuando llegan. Yo perdí uno idéntico aquí. Estaba colocado igual que el de afuera —digo sonriendo.

—¡Fue usted!

Lo miro extrañado. Alguna vez había fantaseado con la posibilidad de que el bastón estuviera todavía ahí, pues al marchar la gente podría pensar que era de un peregrino que todavía no había salido, pero que realmente haya podido suceder me parece del todo inverosímil.

— Perdone, pero me cuesta creer...

—Disculpe don Andrés, no me he explicado. Al día siguiente pregunté a los pocos que quedaban si era de alguien; no sería la primera vez que se dejan alguno en la entrada. Entonces fue cuando la joven me dijo que era de usted, y que lo dejara ahí fuera, pues estaba segura de que vendría a recogerlo. Estuve tentado de quitarlo al cabo de una semana, pero al final lo dejé ahí. Me intrigaba saber si ella tenía razón.

—¿Qué joven?

—¿No la recuerda? Una chica morena, atlética, de aspecto algo asiático… y también muy atractiva —dice, guiñándome el ojo.

Qué historia más curiosa. Tras cinco minutos más de conversación me doy por vencido, no recuerdo haber hablado con nadie con esa apariencia. Como habla por los codos, simulo que tengo que contestar un mensaje del móvil y me alejo a un lado del local. ¡Que pesado! Me hace indicaciones de que me acerque, pero me coloco el móvil en la oreja y le hago un gesto con la mano, que ya hablaremos después. Sigo alejándome hasta llegar a las literas, necesito descansar un poco.

La cena apenas me sabe a nada, parece no tener aroma ni sabor. Igual han cambiado de empresa culinaria. Salgo un momento tras cenar y busco en el bastón la señal que le hice en el mango; éramos muchos los que llevábamos el mismo modelo. No hay duda, es el mío. Creo que me está subiendo la fiebre, mejor que me acueste temprano. Mira que resfriarme justo ahora.

Me despierto por la mañana evocando la silueta de la joven, que me dice que esta vez no me olvide el bastón. Aún me cuesta un poco respirar, pero me siento algo mejor ahora que he descansado. Mientras me ducho no puedo dejar de pensar en la mujer. En el sueño tenía la sensación de que nos conocíamos de toda la vida, pero la imagen que recuerdo es de una persona que no he visto nunca, una figura que seguramente mi mente ha elaborado con la descripción del encargado.

Saliendo ya del albergue el hombre se me acerca agitando las manos.

—¡Espere, don Andrés! Casi me olvido, esto es para usted —dice dándome un sobre—. Se lo quise dar ayer, pero andaba usted liado con el móvil. Lo dejó aquí la joven, para que se lo diera cuando viniese a recoger el bastón. Parecía tan segura de que usted volvería…, y al final tenía razón. ¿No le parece sorprendente?

«Para Andrés», leo en el sobre. Lo abro y saco la hoja que hay dentro:

«Te espero al final de la próxima etapa, pero primero tienes que plegar el bastón, no te hará falta para ayudarte a andar. ¡Y esta vez no te lo olvides!

Pana»

Está escrito a mano, con letra de un trazo muy elegante. Pana... Me suena este nombre de algo, pero ahora no caigo.

—¿Cuál es el pueblo de la siguiente etapa?

—Oh, lo siento, no debe usted saberlo aún, mañana entra en vigor el estado de alarma por el coronavirus y nos han comunicado que se cierran todos los albergues. Tiene usted que ir al ayuntamiento, allí facilitarán información a los peregrinos de cómo volver a sus casas.

Nos despedimos y me detengo un momento fuera, pensativo. La verdad, no me viene de gusto volver ahora a casa… Venga, está decidido, haré esta última etapa. En el próximo ayuntamiento también me podrán dar indicaciones de cómo volver. ¿La misteriosa mujer me estará esperando allí? Seguramente no, pero tanto da.

¡Ah!, el bastón, lo tengo que plegar, decían las elegantes palabras escritas de Pana. Aquí creo que se equivoca, me vuelve a doler el pecho y me cuesta un poco respirar. Un bastón plegado no me será de gran ayuda. Bueno, por intentarlo tampoco pierdo nada. Cuando no pueda más lo volveré a desplegar.  Encontrar la manera de plegarlo es otro reto, parece atascado.... ¡Ya está!

Me ciega un fuerte resplandor y levanto la mano para protegerme. Poco a poco la claridad disminuye y distingo un punto luminoso al final del camino. ¡El camino! Es increíble, es cómo... no acierto a encontrar las palabras adecuadas. Parece un sendero flotando entre las estrellas, con un cálido brillo que contrasta con la negrura del espacio. Me agacho para tocarlo, es de un tacto muy suave. De la superficie emana una neblina luminosa de un palmo de altura, que le da esa pátina de luz tan sorprendente. Observo el recorrido y veo que al final de una serie de curvas hay lo que seguramente debe de ser el final de la etapa: un planeta lleno de colores, donde, ahora sí, estoy convencido que ella me espera.

¡Pana! ¿De qué me suena este nombre? ¿De la mitología griega? ¿O quizás de la nórdica? Busco «Pana mitología» en Google, pero en el móvil no hay cobertura.










Travis

 

Travis

 Relato publicado en la antologia benéfica Huellas, en beneficio de la Protectora Rivera Navarra, 2023

El pequeño bichón maltés está jugando con la pelota, pero se detiene cuando ellas salen al jardín, mueve la cola y hace varios amagos de empezar a correr.

—Ya sé lo que quieres —dice Marina cogiendo la pelota.

Travis empieza a saltar a su alrededor hasta que se la lanza y sale disparado tras ella. La coge entre sus dientes y sigue corriendo a gran velocidad alrededor del jardín, esquivando los intentos de Marina por cogerle la pelota.

—Ya le ha dado el siroco —dice Nuria riendo.

Travis se detiene al oír la voz de Nuria, se le acerca y deja la pelota a sus pies.

—Que pesadito es tu perrito, Marina.

—Anda, tírasela. Si le hicieras más caso no insistiría tanto contigo.

Nuria recoge y lanza la pelota y el perro sale corriendo tras ella, pero se detiene, gruñendo, al llegar a la verja del jardín.

—¿Qué pasa, Travis? —pregunta Marina.

—Hola. —Se oye una voz al otro lado—. Imaginé que estarías aquí fuera, porque he llamado por la puerta principal y no has abierto.

—Hola, Jaume. Pasa —dice Marina abriendo la verja. Travis se le acerca, olfateándolo—. Esta es mi amiga Nuria, también se apunta a la excursión.

—Oh, mucho gusto —dice Jaume mientras intenta zafarse del perro, que se mueve entre sus piernas.

Entran en el piso y Travis se sienta en su camita, mirándolos.

—Espera un momento aquí mientras subimos a buscar las mochilas —dice Marina.

—¿Este es tu portátil? ¿Lo puedo usar? Es que tengo que mandar un correo urgente al jefe, ya sabes cómo es…

—Sí, claro —dice Marina tecleando—. Ya está desbloqueado.

Travis mira primero a Jaume y después a Marina y Nuria, que suben las escaleras. Finalmente se va tras ellas. Cuando entran en el dormitorio se tumba encima de la cama.

—Baja de ahí —dice Nuria haciéndole un gesto.

—Déjalo, solo sube un ratito, bajará enseguida.

—Pues esta noche se ha subido a dormir. Tú no te has dado cuenta, pero yo es que no estoy acostumbrada.

—Tendría celos. —Ríe Marina.

Travis olfatea el aire, salta de la cama, corre escaleras abajo, y se tumba en su camita mirando a Jaume. Este se gira y le guiña un ojo, mientras saca un pendrive del portátil. Travis gruñe por lo bajo.

—No sé por qué no te gusto. Solo soy un compañero de trabajo de tu ama.

El bichón maltés sale de nuevo disparado hacia arriba y se para en el umbral de la habitación, meneando la cola.

—Tienes que decírselo, Marina. Le estás dando falsas expectativas.

—¿Y qué le digo? ¿Que te acabas de mudar a mi casa? ¿Le explico también lo bien que lo pasamos anoche?

—Vale, vale, tú verás…

—Mira, si se hace ilusiones es su problema. Es un pesado, y creo que su interés por mí tiene que ver más con esta casa que conmigo: me debe ver como un buen partido. Pero yo aún no pierdo la esperanza de que me renueven el contrato ahora que he terminado el proyecto, y él tiene muy buena relación con el jefe. Así que, interés por interés.

—A lo mejor no deberías haber terminado ese revolucionario proyecto de energías renovables.

—Es que en realidad no está bien acabado. La parte del final, la buena, quiero decir, la desarrollé solo para mí. Es mi as en la manga; si quieren dar por terminado mi contrato, les explicaré que he pensado una forma increíble de mejorarlo.

—¿Ya estáis listas? —se oye la voz de Jaume desde abajo—. Mejor no salir muy tarde que luego aprieta el calor.

 

 

Travis corretea entre los tres mientras salen del pueblo. De vez en cuando se acerca a un árbol para mear.

—Es curioso. Siempre que lo sacas a pasear hace sus necesidades en los árboles —comenta Nuria.

—Es que es un perro muy listo, aprendió muy rápido, ya de pequeñito —dice Marina.

—Los perros son tontos —la contradice Jaume—. Por eso aprenden rápido. Si fueran listos se rebelarían. ¿Quieres que mee en el árbol? ¡Pues va a ser que no!

Marina se para y mira fijamente a Jaume. Nuria interviene:

—A ver chicos, calma, ¿por dónde subimos a Montserrat?

—Subiremos por el Camí Vell y bajaremos luego por Les Feixades —dice Marina.

 

Se detienen al cabo de unas dos horas caminando por la fuerte subida, beben agua de las cantimploras y Marina llena un pequeño cuenco plegable que deja en el suelo. Travis bebe ávidamente.

—¿Cómo es que te viniste a vivir aquí, a Collbató? —pregunta Jaume y Marina le da un ligero codazo a Nuria.

—Mi padre entró de enólogo en unas cavas de Sant Sadurní cuando yo era pequeña y nos vinimos a vivir aquí, a solo veinte minutos en coche del trabajo.

—¿Y tu madre? —pregunta Nuria.

—Mi madre es maestra y consiguió plaza en un colegio público de Esparraguera. Pero cuando murió papá volvió a Barcelona, donde tenía su plaza definitiva, para estar cerca de mis tías, sus hermanas. Yo preferí continuar viviendo aquí, amo este lugar.

—Y te compraste un perrito para no estar sola —dice Nuria.

—En realidad el cachorrito apareció un día en mi jardín. Supongo que alguien lo abandonaría.

—Pobrecillo —dice Nuria agachándose para acariciarlo.

—Mi madre cree que es mi ángel de la guarda. Que por eso apareció cuando me quedé sola viviendo aquí.

—¡Hombre! Si fuera un pastor alemán aún, pero míralo, es más bien un perro inofensivo —dice Jaume. Travis se acerca a un matorral, mea, y después empieza a rascar el suelo hacia atrás con las patas—. ¡Eh, que me estás llenando las botas de tierra! —exclama.

—¿Por qué hace eso? —pregunta Nuria.

—Es para extender su olor. Mean donde ya lo han hecho otros perros, para marcar su territorio.

Suena un clinc y Travis adopta posición de alerta.

—Es un mensaje del jefe —dice Jaume mirando el móvil—, pero no se me ha descargado bien.

—Aquí hay poca cobertura, más adelante mejora —dice Marina.

—Pues si no os importa me adelanto un poco. ¿Es seguro el camino?

—Tranquilo —contesta Marina—, hay algún tramo complicado, pero tú sigue a Travis que se lo conoce de memoria.

—No creo que venga conmigo, no le caigo bien.

—Ja, ja, ja. No te preocupes que lo vas a tener a tu lado enseguida. Cuando salimos a caminar en grupo y nos distanciamos unos de otros, no para de ir de adelante a atrás, para asegurarse de que estamos todos bien. Es un perro muy leal.

Jaume asiente acelerando el paso y Travis lo sigue de cerca. De vez en cuando se para y al ver a lo lejos a Nuria y Marina continua detrás de Jaume. Al cabo de una media hora lo pierde de vista tras unas rocas y sale disparado hasta alcanzarle.

—Hola, perro, veo que no hay manera de librarse de ti.

Travis se sienta y gruñe por lo bajo. Jaume saca el móvil.

—Ya puedo hablar… Espere, ha habido un golpe de suerte, ¡lo tengo!… Sí, lo he copiado todo en un pendrive —dice sacando instintivamente el dispositivo del bolsillo— … ¿Ahora?… Es que no estamos solos, ha venido también una amiga suya… Vale, pero no se lo piense demasiado, aunque me he adelantado algo en el camino, no tardaran en alcanzarme… ¿Un mensaje? Okey, pero que no sea muy explícito, ya sabe, las cosas por escrito...

Travis se adentra en un estrecho sendero siguiendo el rastro de unas huellas. Al cabo de un rato se detiene y mira a Jaume.

—Eh, chucho, ¿seguro que este es el camino? Menuda caída libre hay desde aquí. Vaya, y gracias. ¡El sitio es perfecto!

El perro agudiza los oídos y ladra.

—¡Jaume! ¡Travis! ¿Dónde estáis? —se oye a lo lejos la voz de Marina.

Al oírla, el bichón maltés sale disparado pasando entre las piernas de Jaume, haciéndole perder el equilibrio.

—¡Mierda! —exclama este, soltando el pendrive y el móvil para sujetarse, colgado en el borde del precipicio—. ¡Maldito perro! —Travis se para y se le acerca ladrando y gruñendo—. Ve a buscarlas, ¡corre!

Travis se gira y las ve aparecer a lo lejos. Ellas corren al verlos. El bichón maltés olisquea un matorral que tiene al lado, mea, y después empieza a rascar el suelo.

—¡Para! Me estás lanzando tierra en toda la cara —dice Jaume, soltándose de una mano para protegerse, pero al hacerlo pierde apoyo y cae gritando al vacío.

—¡Dios mío! —exclama Marina al llegar y asomarse por el borde—. Nadie puede sobrevivir a una caída así —dice llorando, dejándose caer al suelo—. ¡Oh, Dios! ¿Por qué te has metido por aquí, Travis?

Nuria llega también jadeando y se sienta a su lado, abrazándola.

El perro coge algo entre sus dientes y lo deja a los pies de Marina.

—Ahora no, Travis… Pero…, si esto es un pendrive… ¡Y es mío! —dice Marina cogiéndolo—. ¿Cómo ha llegado aquí?

—¡El portátil! —exclama Nuria. En ese momento se oye un clinc. Nuria recoge el móvil de Jaume del suelo—. Le ha llegado un mensaje —dice pasándoselo a Marina.

—Es de nuestro jefe. El móvil está todavía desbloqueado… No entiendo nada.

—¿A ver? —dice Nuria, cogiéndole el móvil—. Es un GIF del final de la película Thelma y Louise.

—¿Y eso qué significa? —dice Marina.

—Creo que significa que tu perrito nos ha salvado la vida…, ¡a las dos! —dice Nuria, mientras Travis le lame las lágrimas a Marina.

 



El e-diario de Sandra

 

El e-diario de Sandra


De: diariodesandra@gmail.com

Para: diariodesandra@gmail.com

9 de diciembre de 2019, 03:25

Asunto: ¡Víctor y victoria!

Hace ya un rato que Víctor se ha marchado. Hemos ido a cenar para celebrar el éxito del juicio y, después, al tomar una última copa en mi casa, ha pasado lo que tenía que pasar. Se ha entretenido en los preliminares hasta que ya no he podido más y lo he conducido dentro de mí. Hacía tiempo que no sentía que un placer tan extenuante se apoderaba de todo mi cuerpo, sacudiéndome en oleadas y acariciándome los sentidos hasta alcanzar el cielo. 

Tras el intenso y desbocado momento de pasión, nos hemos estirado en la cama y, ya más relajados, hemos charlado un rato. Es muy curioso lo que me ha contado. El tema ha surgido cuando le he comentado la suerte que hemos tenido de que el juicio saliera bien, porque si no, no hubiéramos podido disfrutar de este momento tan especial. Me ha dicho que de suerte nada, que yo soy muy buena abogada, y ha añadido que él ya sabía que ganaríamos, porque conocía mi potencial para hacer que las cosas pasaran.

Le he dicho que no tenía por qué disimular conmigo, que ya sé que es un estafador, pero él ha insistido. Me ha pedido que mirase en mis recuerdos, que estaba seguro de que aquello que había deseado sinceramente, finalmente había pasado. Me he quedado pensativa unos momentos y quizás tiene parte de razón: con quince años decidí que llegaría a ser abogada, pese a provenir de una familia humilde de muy pocos recursos; con veinticinco quería entrar como fuera en este prestigioso bufete, y hace poco deseé intensamente que me asignaran el caso del atractivo adivino de la televisión.

Por el contrario, siempre he deseado tener una larga relación y poder formar una familia, pero nunca ha funcionado. Dice que seguramente es porque hay algo que me hace creer que ese es un deseo difícil de cumplir, pero que él sabe con certeza que puedo conseguir todo lo que realmente anhele de verdad. No me lo he tragado, pues con la hipoteca que tengo y viviendo sola, deseo con toda mi alma que me toque la primitiva y no hay manera.

Pero tiene respuestas para todo, pues según él los deseos deben poder cumplirse, no se trata de magia, sino de confabularse con las leyes de la naturaleza para que las cosas se precipiten en la dirección adecuada. Hacer que las bolitas de la lotería se ordenen de una forma predeterminada, cuando dan vueltas en el bombo, es algo físicamente imposible, dice. O sea, que en el fondo me ha confesado que es un falso clarividente y que no puede adivinar el futuro. Y con toda tranquilidad lo ha reconocido, añadiendo que lo que hace es deducir qué cosas verosímiles desean las personas que le consultan, y les refuerza el convencimiento de que esas cosas sucederán.

Le he preguntado cómo se hace esto de los deseos, si es necesario seguir un guion para pedirlos. A su juicio, los rituales pueden ayudar. Dice que en la historia y en las costumbres hay muchos ejemplos: desde sacrificios a los dioses hasta poner velas en las iglesias. No hay una sola manera, hay quien tira monedas a un pozo o mira la luna llena. Cada uno debe elegir su fórmula para hacerlo, pero dice que los deseos tendrán mucha más fuerza si los pides en fin de año justo después de las campanadas.

Por suerte a mí no me ha hecho falta esperar tanto, en el fondo deseaba ganar y así poder derribar las barreras que he tenido que levantar frente a sus constantes insinuaciones mientras duraba el juicio. Pero no me puedo fiar, por mucho que él diga que mantener una relación estable depende solo de mi anhelo.


De: diariodesandra@gmail.com

Para: diariodesandra@gmail.com

1 de enero de 2020, 00:05

Asunto: Lo que me gustaría para el 2020

Sí, Sandra, te dijiste a ti misma que no creías en estas cosas, pero nunca se sabe. Ya he decidido cuál será mi ritual: enviarme por aquí mis deseos para este año nuevo. Me he escapado un momento del estruendo fulgor de la fiesta, y aquí estoy, en el baño, con el móvil en la mano. Tengo que darme prisa antes de que Víctor repare en mi ausencia.

Vamos allá: quisiera llegar tranquilamente a fin de mes, pero tampoco pido que me toque la lotería, que ya sé que eso es difícil. A ver si me explico; no es solo la hipoteca que he de pagar, es el coger cada día el coche para ir a trabajar con el precio de la gasolina por las nubes, es comer siempre fuera de casa, el salir con las amigas a cenar o de fin de semana, el ir al cine... En fin, vivir cuesta dinero. Y ya que estamos, también quisiera no tener que ir a trabajar teniendo siempre a José María en la mesa de al lado, y tener que aguantar su hipocresía como si no pasara nada, cuando seguro que está pensando cómo clavarme una puñalada por la espalda. El pobre no superó que en su momento lo rechazara, poco después de entrar en el bufete, y ahora me la tiene jurada.

Y hablando de relaciones, por ahora prefiero no pedir nada. Sigo aturdida por el deseo que se apodera de todo mi ser con solo notar la presencia de Víctor, que no me deja pensar con claridad. Pero ¿qué pasará cuando la pasión pierda su fuerza, dejando entrar la estable monotonía del placer conocido, de las caricias esperadas, que no por anheladas dejaran de ser repetidas? Una relación estable y un amor duradero no puede surgir tan solo de un deseo escrito a medianoche. Si ha de llegar ya llegará. La verdad es que también estoy muy a gusto como estoy, viviendo sola sin nadie con quien compartir mi espacio ni justificar mis manías. ¡Ojalá pudiera quedarme en casa todos los días! Aunque tampoco pido que me toque la lotería, que ya se que és difícil.  No sé cómo hacerlo, no se me ocurre nada verosímil que lo pudiera justificar, que no sea una larga enfermedad, y no, esto NO lo deseo; al contrario, quiero estar en forma y tener muy buena salud.

Céntrate, Sandra, que estás divagando. Bien, a lo que estamos. Tampoco quisiera parecer egoísta y pensar solo en mi bienestar. También me preocupa el mundo en el que vivimos. Soy consciente de que los recursos del planeta no son ilimitados y creo que es necesario que se relaje un poco esta loca sociedad de consumo que nos tiene abducidos, así que estaría bien que el ser humano dejara de contaminar tanto el medio ambiente. ¡Que paren las emisiones de coches y aviones y que vuelva el aire puro! ¡Dejemos de consumir y comprar todas esas cosas que no son necesarias! La gente debería salir menos de juerga y pasar más tiempo con la familia. Creo que se entiende lo que quiero decir.

 Ya oigo como dice mi nombre, buscándome, y noto como las mariposas empiezan a revolotear en mi estómago. Sé lo que va a hacer: entrará en el baño y me empujará contra la pared para penetrarme de pie, y yo lo estoy deseando. A él le gusta este tipo de riesgo y sabe que ahora yo también lo disfruto. ¿Cómo he cambiado tanto? Nunca antes lo había hecho en otro lugar que no fuera la cama. ¿Por qué tiene este poder sobre mí?

Vuelvo a divagar y ya no hay tiempo, está entrando. Bueno, sea quien sea quien otorga los deseos debe comprender que no tengo mucha experiencia en cómo se deben formular, así que lo que pueda ser, bienvenido será.

 

De: diariodesandra@gmail.com

Para: diariodesandra@gmail.com

1 de marzo de 2020, 19:20

Asunto: Re: ¡Víctor y victoria!

He entrado a releer el primer mail sobre Víctor y ¡hay que ver cómo cambiaron las cosas! Todo se fue torciendo poco a poco después de año nuevo. Además, había algo extraño en él. Algunas cosas que decía, así de pasada como sin darle importancia, dejaban entrever que no fue tan casual que me asignaran su caso. Empecé a sospechar que había movido algunos hilos para que fuese así y también empecé a tenerle algo de miedo, aunque nunca se mostró agresivo conmigo, eso hay que reconocerlo.

Pero no podía dejarme llevar hacia una relación estable con alguien que en realidad seguía siendo una persona desconocida para mí, a pesar de haber convivido tan estrechamente unos meses, alternando su piso con el mío. Cómo no, él volvió a sacar el tema de mis temores con las relaciones estables, insistiendo en que era justamente eso lo que impedía que mis deseos de formar una familia se cumplieran. Pero esta vez no me dejé engañar por sus siempre persuasivos razonamientos; sus devaneos con otras eran demasiado evidentes, aunque insistiera en negarlos. Sin embargo, a pesar de haber finalizado nuestra relación y anulado cualquier contacto, no logro desprenderme del todo de su influencia, y su paso por mi vida parece haber alterado el orden de las cosas.

Encima, ahora tengo a José María en el trabajo maquinando todo el tiempo en mi contra. Se ha lanzado a una cruzada para desacreditarme, haciendo correr el rumor de que mi relación con Víctor comenzó durante el juicio y no después. ¡Será canalla! Ya me lo advirtió Víctor: al cumplirse un deseo se altera el curso natural de los acontecimientos y es posible que algunas personas salgan perjudicadas. Es lo que él llama efectos colaterales. Pero qué estoy diciendo, otra vez Víctor. Sin darme cuenta vuelvo siempre a él. Tengo que deshacerme de esta nociva influencia y pasar página. ¡Basta ya! ¡A la mierda Víctor, José María y todos los hombres! Solo quieren poseerte y, si no pueden, intentan hundirte. 

 

De: diariodesandra@gmail.com

Para: diariodesandra@gmail.com

1 de mayo de 2020, 14:05

Asunto: Re: Lo que me gustaría para el 2020

Esta mañana me he levantado pronto para salir a correr. Por fin podemos salir a hacer algo de ejercicio, aunque solo muy temprano por la mañana. Más tarde, tras la enésima videoconferencia de trabajo, he podido por fin hablar con mi hermana. Hasta ahora Yolanda no tenía mucha cobertura en el pueblo, pero dadas las circunstancias, el Ayuntamiento ha habilitado un wifi abierto para todo el municipio, mientras dura esta inusitada situación.

Aún estoy temblando. Hemos estado comentando el vídeo del exgeneral ruso que me ha enviado por WhatsApp. El tipo ve detrás de todo esto fuerzas escondidas para controlar la densidad de la población y limitar las libertades de la gente. Mi hermanita siempre ha sido demasiado crédula con estas cosas, y le he hecho ver que lo que de verdad da miedo es que altos mandos militares, influidos por sus propias paranoias conspiratorias, puedan tomar algunas irreversibles decisiones. Le he puesto ejemplos de cómo, si uno quiere, podría deducir una conspiración de lo que está pasando ahora detrás de cualquier cosa y, de repente, me he quedado helada al recordar el mail de la fiesta de fin de año. Me he medio mareado y le he puesto una excusa rápida para colgar.

He releído los ya casi olvidados deseos. ¡No puede ser! ¿Quién era Víctor en realidad? Desde que comenzó todo esto desapareció de la televisión. Acabo de llamarle al móvil y una voz me dice que es un número inexistente. ¡Dios mío, los efectos colaterales! ¿Habré vendido mi alma al diablo? ¿Y los muertos? ¿Y los cientos de miles de muertos en todo el mundo?